3 de febrero de 2016

Equilibrio entre emociones

Martes 2 de febrero, 20:00 horas. Teatro Campoamor, Oviedo: LXVIII Temporada de Ópera: La Bohème (Puccini), segunda función. Entrada último minuto: 15 €. Fotos ©ÓperaOviedo.
Cierro temporada de ópera ovetense con el título más representado en la capital y al que más veces he asistido, ojeando el historial desde mi primera allá por 1972 habré faltado un par y mi recuerdo especial para la de 1975 con Mirella Freni y Jaime Aragall, guardando una foto dedicada de la italiana (que dejo abajo) y mi admiración total hacia la voz de tenor más bella de la lírica mundial tras haberla vivido entre bastidores donde me llevó un profesor de la entonces Orquesta "Muñiz Toca" reforzada con la de Bilbao, con quien compartíamos repartos de Arturo Barosi. La de 1978 con Jeannette Pilou tampoco estuvo mal pero triunfó como "otra" Lucía. Y de la 1990 ya abonado a la segunda función donde Luis Lima "cascó" siendo sustituido por un Antonio Ordoñez al que conocí en nuestros años de tunos. Mi última Bohème en Las Palmas me hizo pensar lo bien que hubiera estado nuestra Beatriz Díaz en este reparto ovetense en un papel que canta como nadie hoy en día.
Esta última -de momento- traía de nuevo la producción de Emilio Sagi y Julio Galán con una leve actualización de época y vestuario (de Pepa Ojanguren) pero igualmente bella, especialmente el segundo acto que puede resumir lo que fue esta función: emociones de menos a más con un elenco equilibrado donde sin brillar especialmente nadie, lograron un resultado más que aseado.
El "cuarteto" protagonista lo encabezaba Erika Grimaldi como Mimì, solvente aunque algo brusca en finales de frase puntuales, pero de color ideal en todo el registro, incluso con grave ancho y presente, y dando un perfil más alejado de la inocencia o ternura pero cercano a la mujer de los años 70 que comenzó a mandar y ejercer. Sus intervenciones tuvieron detalles relevantes, impresionándome el dúo del tercer acto con Marcello por dramatismo. Lástima que el color de Musetta fuese "similar" y perdiésemos la riqueza de un Puccini que escribe como nadie para la voz femenina, y las arias de Mimì son un catálogo de emociones que esta vez no llegaron a ponerme la piel de gallina.
El Rodolfo de Giorgio Berrugi me pareció adecuado, de agudos desiguales tirando por momentos a metálico en los fuertes y echando de menos mayor gama dinámica, con unos piani exigentes que no escuchamos, pero convenció y creció a lo largo de la obra, especialmente tras el descanso.
Carmen Romeu afrontó una Musetta algo exagerada de volúmenes como buscando redondear el perfil del personaje visto desde la "óptica Sagi", lo que le valió algún que otro desliz en el agudo de su aria Quando me'n vo'  del segundo acto, así como un color demasiado parecido a Mimì. Al menos su cuarto acto contenido por argumento y voz sirvió para equilibrar su aparición. Damiano Salerno completó como Marcello el cuarto protagonista de este drama, con presencia y elegancia en su línea de canto, más amplia en expresión que sus tres compañeros.
Para encontrar ese equilibrio ayudaron y bien el Schaunard de Manel Esteve, un convincente y poderoso Andrea Mastroni como Colline (lástima el aria del último acto algo desafinada) y Miguel Sola en un Benoit y Alcindoro sobrio. No desmerecieron Pedro José González (Parpignol), José Lauro Ranilla y Javier Ruiz (sargento y aduanero) así como Gonzalo Quirós (vendedor), papeles breves pero necesariamente seguros para mantener el nivel global.
Destacable el coro de niños de la Escuela de Música Divertimento (que dirige Ana María Peinado) por escena y canto, presentes, seguros, disciplinados y verdadero color en un segundo acto realmente complejo por el movimiento tanto figurante como musical. Otro tanto del Coro de la Ópera dirigido aún por Enrique Rueda, un título que muchos de sus componentes ya han cantado y les da seguridad total incluso fuera de escena, y mejor las voces blancas que las graves. No hubo que lamentar ningún desequilibrio, lo que en este título "bohemio" siempre se agradece, esperando la nueva etapa con Elena Mitresvska. El amplio cuadro de figurantes ayudaron a redondear un impresionante segundo acto que fue el punto álgido de esta ópera.
Por fin puedo aplaudir el trabajo global del maestro Marzio Conti, titular al frente de una Oviedo Filarmonía que sacó de la partitura de Puccini toda la amplísima gama tímbrica y dinámica, sin caer en los denostados contrastes mal entendidos de pianos-lentos frente a fuertes-rápidos. Verdadero creador de ambientes, la orquesta sonó donde debía en todas sus secciones (impecable el arpa), con unos pianísimos de cortar el aire y unos fuertes sin estridencias, con un Conti atento a las voces que mimó en todas las intervenciones y ayudó a esta Bohème equilibrada y emocionante como siempre es de esperar, notando un trabajo minucioso.
Ya tenemos el avance de la próxima temporada de la que habrá mucho que hablar y escribir. Me quedo con ganas de escuchar el segundo reparto que me coincide el viernes con la OSPA, pero aplaudo mantener estos "viernes de ópera" para dar la oportunidad de que los cover salgan a escena tras haber trabajado tanto como sus compañeros, y siempre ahí para subsanar bajas de última hora tan tristemente frecuentes en muchos escenarios, así como la proyección de la última función que resonará en Oviedo y otros puntos de Asturias, llevando la ópera a todos los públicos.
Me conformaré con escuchar los comentarios y leer las críticas, aunque Bohème nunca defrauda.
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