5 de febrero de 2016

Vidrio, piedra y Bach

Jueves 4 de febrero, 20:30 horas. Catedral de León: "Bach en la Catedral". Arvid Gast, órgano. CNDM en coproducción con el XXXII FIOCLE.
De octubre de 2014 a junio de 2016 la integral para órgano de Bach suena en el Auditorio Nacional de Madrid y dos días antes siempre en la Pulchra Leonina, peregrinaje para todos los amantes del instrumento rey, un total de 20 conciertos (supongo que el número 18 quedará suspendido tras la muerte de Jacques Van Oortmerssen el pasado 21 de noviembre de 2015) donde ir desgranando el maravilloso mundo de "Mein Gott", organizados por los mejores intérpretes actuales sin repetir obras. Y llegó a León un músico de Bremen, organista en Lübeck y Magdeburgo, dos puntos de referencia en la vida de Bach, dispuesto a seguir sorprendiéndonos con la riqueza tímbrica del instrumento de Klais al que bauticé en su inauguración como "El Bicho".
Impresionante la limpieza de ejecución en cada obra, la sabia elección de registros, la claridad meridiana con la que pudimos paladear todas y cada una de las voces, notas independientes siempre relacionas, una verdadera liturgia oficiada por el maestro Arid Gast (1962) que pergeñó obras con verdadero primor, orden y concierto similar al de las vidrieras y las piedras góticas de la catedral más bella de España, con perdón para las demás (y lo dice un asturiano).
El "pastor" Gast convocó al pueblo, que volvió a llenar el templo catedralicio de Santa María de Regla, para escuchar el sonido alemán ya de acento castellano, con el Preludio y fuga en la menor, BWV 551, logrando mantener ese respeto mágico desde un silencio que permitía asombrarse con los sonidos saltando de una a otra fachada (los llamados "coro del norte" y "coro del sur"), estando yo situado en la nave central bien ubicado para escuchar los efectos, con la vista puesta en el retablo, las vidrieras, las bóvedas y los arcos ojivales. Toque de arrebato en trompeterías con pedaleros como truenos y relámpagos descansando con reposo en el acorde perfecto.
Tres corales (uno de Schübler BWV 649, más el preludio coral BWV 717 y el BWV 706 de Kirnberger) nos hicieron meditar, saborear unos flautados deliciosos en el del medio o unas homogéneas lengüetas claramente diferenciadas en color y dinámica, sin perder nunca las melodías populares que Bach eleva a divina, ceremonia casi religiosa con los comentarios musicales a los textos luteranos antes de otra explosión de la perfección matemática del orbe divino, la Fuga en do menor (sobre un tema de Giovanni Legrenzi) BWV 574, donde el organista demostró no ya un virtuosismo presupuesto sino la sabiduría en elegir los registros, poder escuchar las voces con timbres independientes desde el sujeto hasta la exposición, con un pedalero casi tercera mano de presencia luminosa y sustento pétreo en el Klais, recovecos, precisión, balance y reposo a la búsqueda del descanso en el acorde mayor.
De nuevo la meditación con tres de los llamados Corales Neumeister, los BWV 1097, BWV 1099 realmente poderoso, y BWV 1108, ligero desde una mezcla de lengüetería y principal, el contraste barroco de tiempos y dinámicas, ordenados cronológicamente además de sapiencia, fraseos brillantes, contracantos equilibrados, luces y sombras sin oscuridades, esperanzadoras sin cegarnos y siempre respetando cada nota, su duración, los ornamentos justos y el silencio sepulcral sobrecogedor para dejar sonando en el aire cada exhalación de los tubos.
La Fantasía en do mayor, BWV 570 supuso el momento álgido de la ceremonia, la liturgia de la palabra hecha música, cual golpe de pecho inicial y sobrecogedor ante unos pecados siempre veniales en un Bach que componía "Soli Deo gloria", vanidad y soberbia casi necesariamente reflejadas en la escritura y aún más en una ejecución cual penitencia y absolución por el "pastor Gast".
Aún quedaba el Contrapunctus XII a 4, rectus de "El arte de la fuga", BWV 1080/12,1 como si de un Apocalipsis se tratase, capaz de inspirar las mejores obras de arte y mantener todas las relecturas que se quieran incluidas las musicales. Rectitud y altura de miras como las columnas sosteniendo las bóvedas de esta catedral ansiosa de absorber lo que el material le impide, devolviendo generosa los versos en frases musicales donde seguían brillando registros por descubrir como la luz de las vidrieras a lo largo del día.
Finalmente la Toccata (Preludio y fuga) en do mayor, BWV 566a sonó cual bendición, recapitulación de una liturgia única, arrebatadoramente bella sin éxtasis barrocos, meditaciones con tormentas y recovecos para manos y pies que nos llevan hasta la luz cegadora del acorde perfecto de do mayor. Aplausos de alivio tras la tensión y agradecimiento ante unos sermones organísticos en el buen sentido de la palabra, la música pura desde la sabiduría y experiencia de un intérprete que parece imbuido del espíritu bachiano.
No son habituales las propinas, de hecho el maestro Arvid Gast estaba recogiendo las partituras pero el público le jaleaba, feliz ante tanta belleza, y qué mejor regalo que otras hermosas palabras al órgano, "Despertad, nos llama la voz" de Bach en el Klais, Wachet auf, ruft uns die Stimme de la Cantata BWV 140 en este caso la meditación que supone en el órgano el Coral Schübler BWV 645, un prodigio de sonidos todos en perfecto equilibrio, estabilidad emocional, capaz de escuchar una melodía arropada por las armonías del paraíso bachiano para dejarnos, si es que había duda, que Bach es mi Dios...
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