Danzarín perfume francés

Viernes 27 de enero, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo: Jornadas de Piano "Luis G. Iberni". Katia y Marielle Labèque (pianos), Oviedo Filarmonía, Marzio Conti (director). Obras de Fauré, Poulenc, Debussy y Copland.
Llegaban de nuevo a Oviedo -y he perdido la cuenta- las Hermanas Labèque, realmente mediáticas por las que no parecen pasar los años (incluso en su atuendo siempre rompedor aunque repetido) desde los inicios de las jornadas en el Teatro Campoamor, auténtico espectáculo con sólo verlas, la penúltima creo que con Mayte Martín y esta vez con la OvFi que tras la marcha de Haider la dejó perfectamente encarrilada para su sucesor el maestro Conti, quien está logrando detalles de esta formación seria, madura, volviendo a demostrar la importancia de un titular que moldee unos músicos de gran calidad para afrontar con rigor y arte cualquier repertorio más allá del foso para el que inicialmente se creó, pero del que como todas, también necesitan salir y convencer a un público que en general, siempre agradece el esfuerzo.
El programa elegido por y para las protagonistas resultó claramente francés, incluso en el norteamericano estudiante en París, como bien explica en las notas al programa Francisco Jaime Pantín, un excelente conocedor de lo que íbamos a escuchar. Si unimos que todo él tiene una línea coreográfica y que el italiano es uno de los directores que mejor se mueve en los repertorios "bailables", el resultado tenía que ser bueno.
La Suite Masques et Bergamasques, Op. 112 (Fauré) sólo fue un ligero aperitivo en sus cuatro números, algo descafeinados no ya por faltar el aire carnavalesco, cada vez más cerca en calendario pero lejano en escenario, sino porque la obra en sí no llega mucho y la interpretación quedó algo aséptica y nada jocosa, sin ser tampoco un Fauré arrebatador en emociones, quedándome con la última Pastorale por lo bien que empastó toda la orquesta.
Muy distinto resultó el Concierto para dos pianos y orquesta en Re m, FP. 61 (Poulenc), la obra esperada para lucimiento de las francesas y que dominan de arriba a abajo, con desigual protagonismo entre ellas y sus pianos (supongo igual que en el estreno por el propio Francis Poulenc con Jacques Février), pero siempre con el plano sonoro adecuado bien controlado y equilibrado por una concertación difícil que el maestro Conti consiguió desde el acorde inicial, energía pero bien contenida, sin excesos dinámicos ni agógicos. Pantín apunta que "se trata de una obra ligera que en su misma superficialidad encuentra su mayor encanto", y todos los guiños u homenajes que aparecen están claros, desde el Allegro ma non troppo a Stravinski, siguiendo por el Larguetto claramente mozartiano y auténtica delicia sonora, hasta el Finale que encaja a la perfección con el showbussines que las Labèque encarnan, perfectamente seguidas por una orquesta siempre atenta y bien llevada, continuándolo ellas solas con los dos "regalos arreglados" de Bernstein ("Jet Song" de West Side Story) y la Beriot Polka a cuatro manos, que resultaron igual de previsibles (mismos gestos, mismas propinas) y ligeras que la mayonesa o el queso de untar con nombre de ciudad norteamericana. Será que me hago mayor pero no me emociono como antes aunque reconozca que lo pasé bien.
La segunda parte comenzaba precisamente con la Petite Suite (Debussy), una obra a cuatro manos pero orquestada por Henri Büsser, más perfume francés y tributo a las protagonistas del concierto y también a la música gala que tanto ha aportado a la historia (Fauré, Chabrier) pero sin olvidar reminiscencias españolas no ya "tamizadas" por Borodin sino con claros aromas de Albéniz, "el más francés" de nuestros compositores. La versión resultó como la obra, joven, sin grandes pretensiones pero bien llevada, con detalles de calidad sobre todo en el último Ballet, corroborando lo antes apuntado.
La "Primavera Apalache" -Appalachian Spring- de Copland es música de ballet encargada por Martha Graham (cuyo ballet actuó en Oviedo allá por los 80 en los Festivales de Música de la Universidad dirigidos por Emilio Casares), música para danzar que Marzio Conti tuvo muy claro desde el podio, eligiendo tempi realmente tranquilos, sonoridades controladas y bien dibujadas que sacaron de la orquesta auténtico colorido en amplio abanico de tonos pastel (no hay segundas intenciones), sin olvidar esa formación parisina de Copland que respira esta obra que por ambientación no ya argumental sino musical, es referente yanqui incluso como banda sonora (recordaba yo al descanso la serie televisiva "La conquista del Oeste"). Todas las secciones de la orquesta brillaron en una obra que tiene más recovecos de lo que parece, e importante el papel de toda la percusión así como las puntuales apariciones de arpa y piano, siempre arropadas por una madera bien ensamblada, unos metales nada hirientes, y una cuerda cada vez con más identidad, todo conseguido desde una dirección que está bien encaminada y nos dará aún muchas alegrías en esta temporada.
P. D. 1: Reseña del concierto en LNE.
P. D. 2: Crítica de Aurelio M. Seco en LVA.
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