26 de noviembre de 2010

Volví a picar pero me salvó Turina

Jueves 25 de noviembre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano "Luis G. Iberni": Pedro Ricardo Miño (piano), Ricardo Miño (guitarra), Oviedo Filarmonía, Marzio Conti (director). Obras de Arturo Pavón (1930-2005) y Joaquín Turina (1882-1949).
Me lo temía pero siempre tropiezo en la misma piedra o como se dice coloquialmente, volví a picar. Mal comienzo para unas Jornadas de Piano por las que pasarán Jean-Yves Thibaudet, Miguel Ituarte, Barry Douglas, Grigory Sokolov, Javier Perianes o el mítico Gustav Leonhardt (si llega hasta mayo de 2011 en condiciones).
El Miño Niño, hijo del guitarrista, es un pianista sevillano hasta la médula que lleva el flamenco en la sangre y lo demostró con la propina familiar donde hicieron hasta devaneos con un Asturias Patria Querida de lo más "trianero", pero creo que no era el día ni el programa apropiado para estas Jornadas. Tal vez Miño Grande pensó que deberían regalarnos algo de flamenco más puro, aunque nos tirásemos hora y cuarto de "sufrimiento", y le dedicó la propina al director italiano (supongo que sabedores de lo que debió de pasar), recordando que El Flamenco ya es Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad, pero evidentemente por ser inmaterial su sitio no está en las partituras por mucho que lo intenten... Y ya puestos a buscar  para las Jornadas pianistas "distintos" me quedo con Chano Domínguez, con Michel Camilo o ya para ser más papista que el Papa, con David Peña Dorantes.
Puedo entender que se amplifique un poco la guitarra pero ¡no el Steinway del Auditorio! que no tenía ni la tapa, y con unos niveles tan exagerados que desvirtuaron totalmente la interpretación, llegando a tapar a la orquesta. Si además de la reverberación artificial sumamos la de la sala y la propia del piano con un uso excesivo del pedal (nada académico), la barbaridad alcanzó niveles pecaminosos para mi oido. La duda está en saber si el pianista aprovechó el despropósito a propósito para lograr ff tocando p (siempre más llevadero), aunque los pp no se percibieron tan siquiera.
En noviembre del año pasado pude asistir a este mismo espectáculo pero enmarcado en los 25 años de la Peña Flamenca "Enrique Morente" de la que el actual alcalde de Oviedo Gabino de Lorenzo fue presidente y entonces cedió el Auditorio más 88.000 € de subvención), razón por la que lo escrito de la obra de Pavón entonces me sirve para ahora (crisis incluida). En 2009 fue más de lo mismo con Paco Cepero a la guitarra (mucho mejor que El Miño Grande) y Max Bragado en el podio, con la viuda de Pavón la cantaora Luisa Ortega también presente, y marchándome al descanso porque ya no podía más. En el "celular" ya escribía ofendido al descanso que no hubo ni pellizco ni duendey esta vez no entiendo qué capricho trajo de nuevo esta obra (incluyendo la clá flamenca en el palco de autoridades aunque lo supongo) ni las decisiones del ingeniero de sonido (?). Además era el "bautizo" de Marzio Conti (tras la marcha antes de lo previsto de Haider) con la que será su orquesta, que creo merece mejores repertorios porque está francamente bien. Como dicen ahora, vaya marrón para estrenarse, menos mal que el italiano se confiesa un todoterreno y los solistas sonaron perfectos e incluso brillantes en las intervenciones correspondientes: Gabriel Ureña (cello), Igor Sulyga (viola) y sobre todo Julio Sánchez Antuña (clarinete bajo).
Pero era la segunda parte la que me había traído hasta Oviedo con la Sinfonía Sevillana, Op. 23 de Joaquín Turina, obra que explica como siempre bien mi admirado Ramón Sobrino en las notas al programa, y de la que guardo un vinilo en la versión de la ONE con Ataulfo Argenta como primera referencia discográfica. Del compositor sevillano lo primero que escuché en mi juventud fue La oración del torero por la Orquesta de Cámara de Asturias dirigida por el siempre recordado en Asturias Benito Lauret, en el desaparecido Teatro Capitol de Mieres, y me encantó. Incluso pude escuchar la versión original para cuarteto de laúdes.
Parecía que escuchar la sinfonía de Turina tras Arturo Pavor volviese a recuperar y reafirmar la música española bien compuesta y atemporal por su vigencia, pese a los 90 años de la obra (estrenada en el Gran Casino de San Sebastián el 11 de septiembre de 1920). Músico y música de fantasía, de ensueños, de colorido, de alegría y de lirismo sin perder el orden y la forma, como su amigo Falla, y andaluces todos pero siempre con esa musicalidad universal sin populismos mal entendidos y bebiendo de las fuentes pero desde el buen oficio. Tengo que felicitar a la orquesta por su excelencia interpretativa (una maravilla los solos del concertino Andrei Mijlin como en él es habitual), y muy bien llevada por Marzio Conti que la tenía perfectamente estudiada como pudimos comprobar al escuchar cómo llevó los tres movimientos con una agógica importantísima y difícil en esta obra, sintiéndola suya y contagiándoles sus ganas de trabajar. Al menos se rompió el dicho de que "segundas partes nunca fueron buenas".
P. D. 1: Reseña en LNE del viernes 26.
P. D. 2: Crítica de Joaquín Valdeón en LNE del sábado 27, totalmente de acuerdo con ella.
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