Identidad sin caprichos

Viernes 12 de marzo, 20:00 h. Auditorio de Oviedo. Concierto de abono nº 10. OSPA; Anke Vondung (mezzo); coro masculino de "El León de Oro" (Marco Antonio García de Paz, director); director: Max Valdés. Obras de Brahms y Hersant.
Volvía al podio el titular de nuestra orquesta con un programa titulado "Festival Brahms" que resultó un manjar de entrecot "con relleno francés al estilo chileno".
Comenzábamos con la Rapsodia para contralto, coro masculino y orquesta Op. 53 (1869) de Brahms, actuando de solista la alemana Anke Vondung, una mezzo que se atrevió con esta obra donde, precisamente adoleció de registro grave, estando por tanto mucho más cómoda en un agudo que le sobraba.La parte coral corrió a cargo de las voces graves de nuestro mejor coro, el gozoniego aunque internacional "El León de Oro", breve intervención pero perfecta de dicción, ajuste, empaste, volumen, interpretación y todo con sólo 20 voces que no contaron precisamente con una batuta precisa para las entradas, algo a lo que tristemente están acostumbrados cuantos han tenido que cantar bajo la dirección del maestro chileno. De las tres estrofas que tienen su total paralelismo musical, el inicio del preludio orquestal en adagio que deja paso a la entrada de la voz femenina (Aber abseits wer ist's?) que es quien manda en el segundo, no resultó así al quedar tapada por una orquesta que no hizo sino seguir las indicaciones del director en cuanto a su dinámica. La entrada del coro masculino (Ist auf deinem Pslalter), segura y precisa, de nuevo volvió a "oscurecer" a la solista, y las excelentes notas al programa de Cosme Marina cuando escribe que "la voz de la contralto aparece sustentada por el coro masculino enfatizado con suavidad" no puedo decir que resultase así, más bien se fundió con él... lástima de planos sonoros algo exagerados y de una tesitura solista no del todo perfecta para esta obra tan intensa y llena de sutilezas que no pudimos degustar en su plenitud por una desequilibrada condimentación.El estreno en España de Paysage avec ruines -Paisaje con ruinas- (1999), para mezzo y orquesta sobre un poema del austriaco Georg Trakl (1887-1914), con música del francés Philippe Hersant (Roma, 1948) nos devolvió la auténtica voz para la que la obra está escrita, igualmente breve en su aparición vocal para los versos de un "Paisaje con ruinas" muy expresivo en todo el desarrollo, con una orquesta capaz de adaptarse a todo tipo de repertorio haciéndolo sonar pleno. La instrumentación en la línea de los compositores de nuestros días incluye abundante percusión (varios juegos de gongs, xilófonos, glockenspiel, temple-blocks, campanas tubulares...) junto a piano, celesta y arpa, más una orquesta con madera y viento casi cuadruplicado (que no la cuerda) que pese al impacto visual que suponga, no lo es en el dinámico sino en las texturas, más bien una amplia paleta de colores para ir perfilando con fino pincel y no con brocha gorda que extiende todo por igual, pese a unos "argumentos" que como nos comenta Marina "... expresados de manera casi violenta con trazos expresionistas y herméticas alegorías", resultan más de lo primero que de lo segundo. El "capricho chileno" resultó agradable y agradecido, de fácil ingestión aunque algo "forzado" dentro en un menú que más pareció preparado para aprovechar ingredientes que no para disfrutar con lo que se tenía, y además en la propia despensa.
La segunda parte nos devolvería al romanticismo y a la sonoridad de nuestra orquesta con esa identidad propia conseguida con el trabajo de años que le permite no obstante interpretar lo que le pongan y hacerlo bien aunque no la dejen. La Sinfonía nº 4 en mi menor, Op. 98 resultó prueba palpable de su capacidad para sonar perfecta en todas sus secciones y encontrarse "en su salsa" con estas obras que son "el pan nuestro de cada orquesta", algo que no tuvo reflejo desde la cocina-dirección. Resultó una elaboración algo plana, un "dejar fluir" que los profesores saben hacer como nadie (de hecho así arranca el Allegro non troppo) cuando la partitura cual receta lo trae todo escrito, pero que en esta obra requería una lectura con más implicación y ahondamiento desde la dirección. No me quejaré de los tempi, más bien de la falta de ese giocoso que va con el Allegro del tercer movimiento. Comprendo que nuestra cuerda suena tan homogénea y con un lirismo tan propicio para este repertorio que se nos "olvide" algo tan básico como las melodías subyacentes, darles más protagonismo a los violines segundos cuando lo tienen, sacar a flote los contrabajos, equilibrar maderas y metales que estaban sonando como un enorme órgano (sobre todo en ese Allegro energico e passionato final con el tema modificado de la Cantata 150 de Bach), pero donde cada mano está en un teclado distinto... Esa instrumentación que "se renueva según avanza el movimiento en una línea melódica de inventiva constante" simplemente avanzaba hacia un final pleno en escritura y plano de sensaciones.
Volcarse en los caprichos olvidando las señas de identidad propias es la sensación agridulce que me quedó al finalizar el concierto, excelentes ingredientes para haber cocinado algo más que el "plato del día" con el típico toque de color al que nos quieren acostumbrar para presentarlo al público pero que no influye en el sabor final.Mañana probaremos otra cocina distinta, plenamente rusa, pero aún estoy en plena digestión germano-francesa, y del vino (hoy tocó sidra) hablamos otro día.
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