Sábado 29 de mayo, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo.
Clausura de las Jornadas de piano "Luis Iberni".
Maria João Pires, piano;
Staatskapelle Weimar;
Leopold Hager, director. Obras de
Beethoven y
Schubert.
Hay conciertos que merecerían la pena grabarse para poder compartir la grandeza del momento, aunque siempre sea irrepetible. La calidad escuchada esta tarde es un digno colofón para estas jornadas que el recordado
Iberni hubiera disfrutado a lo grande, y no se puede pedir más de lo que se nos ofreció.

Una de las formaciones orquestales históricas, la
Staatskapelle Weimar en
gira por España bajo las manos siempre certeras del
veterano Leopold Hager, nos hacía gozar de un
Beethoven cuyas primeras notas de la
obertura Coriolano en Do m., Op. 62, hacían vaticinar un concierto para el recuerdo. Supo a poco pero pudimos paladear una formación de fábula, con ese sonido tan germano que da envidia, formación no muy grande pero con un poderío en los graves (cuatro contrabajos) que parecía escucharse en una de esas millonarias cadenas de música (¿quién se queja de la acústica del auditorio?). Y el viento es un órgano donde empastan a la perfección todos ellos, fagots sonando a trompas y viceversa, oboe y flauta cual híbrido de ensoñación, y así todos ellos sin olvidar dos timbales auténticamente clásicos y exactos hasta donde están escritas las figuras en la partitura.

Por fin apareció
la portuguesa universal, la de las
manos pequeñas que hacen imposible que se pueda tocar así de bien.
"La Pires", diva que no ejerce, trajo incluso su piano
Yamaha CFIIIS junto al afinador y técnico oficial (Sr.
Jiro Tajika), pues para tocar el
Concierto para piano nº 3 en Do m., Op. 37 que nos dejó, algunas "manías" se entienden y hasta agradecen (y eso que el
Steinway del auditorio es como un
Rolls). Evidentemente
el instrumento sonó increíble, pero las pequeñas manos que lo acariciaron, esos trinos únicos que hacen honor a su nombre, la limpieza en cada nota, la variedad de ataques, la dulzura que emana aún del clasicismo frente a la fuerza romántica que ya se atisban, hacen de
"Maria la portuguesa" una de las
GRANDES del piano que aún no había tocado en Oviedo). Y como siempre digo, en perfecto diálogo pues eso significa concertar, poner de acuerdo...

Cómo sonó la orquesta, qué bien se entendieron los protagonistas, escuchándose sin necesidad de marcar el tempo por parte de un auténtico
conductor, contestándose los motivos... Como bien escribe
Alberto González Lapuente en las notas al programa,
"adopta una posición novedosa al integrarse en la totalidad sinfónica como nunca antes se había hecho". El
Allegro con brio resultó redondo desde el inicio orquestal y la
incorporación del piano; el
Largo de una delicadeza casi etérea (creo que no respiraba nadie) que no olvidaré en años, fascinante por esa equívoca sencillez,
beethoveniano hasta le médula; y el
Rondó: Allegro una explosión de júbilo pese a la
trágica tonalidad. No hubo propinas y de nuevo la exelencia sabe a poco, pero más no se le podía pedir, y
sus Beethoven pasan a ser también de
disco (o
vídeo).

La segunda parte nos dejó el joven
Schubert de su
Sinfonía nº 1 en RE M., D. 82, aparentemente obra menor pero que esconde un arduo trabajo de estudio por parte del vienés de la forma clásica (la
Júpiter de
Mozart entre otras) y de su "cultura musical" como escribe
Brigitte Bassin, pues también están Haydn y Beethoven entre los deudores de esta primera sinfonía. El primer movimiento
Adagio-Allegro vivace es buena muestra de lo dicho, y se ve
"crecer" a lo largo del mismo, como bien sonó en la orquesta de Weimar. El
Andante supuso paladear ese sonido compacto de la formación alemana donde sus solistas brillan con luz propia (hay que destacar el
oboe de
Brigitte Horlitz y la flauta de
Nikolai Jaeger) sin romper la unidad del conjunto, con la cuerda redonda y unos ataques deliciosos. No se quedó atrás el tercero,
Minueto. Allegretto, vigoroso, potente, de tempo contenido y esa sonoridad compacta de perfecto ensamblaje de cuerda y viento, que tanto me ha impresionado, para dejar un final
Allegro vivace que hizo cortísima la media hora que dura esta
Primera.

Una
orquesta que se desenvuelve en un repertorio que es "suyo" con una conducción sabia, reposada, atenta al más mínimo detalle sin aspavientos, y con una madurez que le da ese toque de distinción, sola o acompañando.
Y esta vez sí hubo propina, otra exquisitez con
Mozart y la
Obertura de "La Clemenza di Tito" donde se sumó una segunda flauta para dejarnos "El Clasicismo en cinco minutos".
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