21 de marzo de 2009

Leaper, una lección de dirección

Viernes 20 de marzo. Auditorio de Oviedo.
Una conferencia de Eduardo G. Salueña antes del concierto (abajo en la foto que cierra este post) "preparó" al poco público asistente a la misma -una pena porque son realmente interesantes- para el "programa británico" que íbamos a escuchar posteriormente, con una disertación centrada en la Sinfonía nº 2 en Sol M, "Londres" de Vaughan-Williams, no sin antes ubicar los tres compositores del dia de hoy. Ameno, con fragmentos de la obra ilustrando sus palabras y Power-Point© que pese a figurar en los comentarios al programa, también suyos, siempre son de agradecer.
Ya a la hora habitual del auditorio carbayón, las 20:00 horas (pues en Gijón son a las 20:30) hizo su aparición un funcionario muy aplaudido para poner en el atril la partitura de Elgar que abría el concierto. Incluso algunos músicos escuchando al público se pusieron en pie (sale por sus espaldas).
¡Señor, señor! ¡Viva el entendido público ovetense!, y eso que el director invitado es de los más conocidos al ser el titular de la Orquesta de RTVE, cuyos conciertos retransmite "La2", me refiero al británico (para hoy no podía ser menos) Adrian Leaper, quien por cierto permutó batuta y podio en con el asturiano Pablo González (principal director invitado de la Orquesta Sinfónica de Granada, OSG que dirigirá pronto en Valladolid y en el Ciclo "Ángeles y Demonios" granadino) que ese viernes lo hacía en el Teatro Monumental de Madrid con otro conocido del auditorio, el pianista Javier Perianes.
Por fin apareció el maestro Leaper para completar este "programa británico del viernes", esta vez aplaudido por todos los presentes, y para mí el auténtico protagonista de la velada.
La Obertura Cocaigne Op. 40 "En la ciudad de Londres" de Sir Edwar Elgar ya nos hacía presentir por dónde discurriría el discurso musical:
La OSPA, como vengo comentando hace tiempo, funciona cuando se le "aprietan las tuercas". Este repertorio tan inglés del viernes sonó encajado, equilibrado, afinado, seguro, porque cuando quien lleva la batuta sabe entresacar de la obra hasta los más mínimos detalles, y está atento al "mínimo desmán" que supone el afán de "protagonismo" de los "bronces" (como dice el maestro Valdés, ayer entre el público) para "asegurar cada nota" -por otra parte comprensible-, y lo hace sin gestos grandilocuentes, con "elegancia británica", precisión suiza y dominando las obras, entonces la orquesta funciona y el público disfruta.
Con Gérard Caussé de solista escuchamos a continuación el Concierto para viola de otro "Sir", William Walton, obra de dificultad para intérprete y público, pero que de nuevo gracias a la maestría de Leaper sonó como era de esperar, destacando personalmente en el segundo movimiento porque resume perfectamente cómo resultó: "Vivo, con molto preciso". El sonido de esa "joya de instrumento", Gasparo da Salo de 1560, estuvo siempre en los planos correctos, tanto solísticos como concertantes. De la maestría de Caussé tampoco vamos a descubrir nada, aunque de nuevo me llamó la atención que tuviese la partitura delante.
Y quedaba una segunda parte impresionante, madura, plena, con la Sinfonía "Londres" de Vaughan-Williams, llena de muchas "citas musicales" a la capital del Reino Unido que me evocaron unas vacaciones navideñas allí pasadas pero también ciertos toques "nacionalistas" muy cercanos a Mahler o Sibelius y también de otro británico como Gustav Holst, algo que Eduardo G. Salueña apuntaba en el programa.
Y Leaper es especialista en estos repertorios, sabe que las densas texturas orquestales deben estar bien equilibradas. Los metales estuvieron contenidos (seguros y afinados), la madera homogeneizando ese bloque tímbrico de V. Williams, la cuerda sonando como si de una orquesta británica se tratase, la percusión con los toques "coloristas" en su sitio, sin excesos, el arpa correctísima en sus difíciles intervenciones, y los solistas con intervenciones en las que "dieron la talla". Destacar el violín del ruso Vasiliev, el cello del gijonés Cadenas, y sobre todo la viola de Oleg Lev, sin desmerecer nada el resto. El II. Lento resultó realmente sobrecogedor, no hubo toses (¡raro!), con contención y melancolía romántica, pero ese último Maestoso alla marcia con un final en decrescendo hasta las tres p (ppp) que el maestro Leaper mantuvo casi hasta lo imperceptible, puso un brillante broche que el público ¿temeroso? no interrumpió y nos permitió disfrutar del sonido hasta el silencio absoluto (la bajada de brazos es para clases magistrales de dirección), sin precipitaciones para el aplauso, con tranquilidad y maestría, toda una lección de dirigir del gran Adrian Leaper.
Y mañana Avilés para escuchar a Barbara Hendricks. Ya les contaré.
Ana Mateo y Eduardo G. Salueña. 20/03/09. Foto Pablo en De todo un poco

P.D. Ver crítica de Diana Díaz en LNE del domingo 22.
Publicar un comentario