Jueves 29 de octubre, 20:15 horas.
Auditorio Casa de Cultura Avilés.
OSPA,
Carmen Yepes (piano),
Max Valdés (director). Obras de
Leoncio Diéguez (20 marzo 1941),
R. Schumann y
W. A. Mozart. Entrada: 13 € (aunque esta vez tuve invitación gratuita).
Concierto nº 2 de la Temporada regular de la
OSPA, esta vez en Avilés (que suele alternar con Gijón además del abono completo en Oviedo) para ir cerrando
este Octubre que todavía me deparará algún concierto más. Y el programa de esta velada volvía a unir a
Carmen Yepes y su ahora
compañero en el Conservatorio de Oviedo
Leoncio Diéguez y su
El passo honroso" de Dom Suero de Quiñones, como en el
Festival de Música Española de León'2007 (entonces la pianista interpretó
Noches en los jardines de España) precisamente en el estreno del poema sinfónico, aunque con
otra formación y director.

Con la obra del
profesor y compositor de Palazuelo de Órbigo (presente en la sala y al que acompañaron muchos de sus
antiguos escolanos), arrancó este concierto, composición por encargo que
el propio autor explica en los "Papeles de Música" de la Casa de Cultura de Avilés, al igual que las excelentes notas al programa de mi querido
Aurelio M. Seco, y que realmente hemos escuchado en su versión revisada y acabada.
Poema sinfónico basado en un
hecho histórico plasmado con gran riqueza tímbrica desde una excelente instrumentación (lógica en alguien con su "oficio") aunque personalmente sin un sello propio y actual del leonés por las múltiples referencias o ecos que parecen
"desandar el tiempo", no sólo armónicas sino melódicas (claros ecos asturleoneses) y sobre todo tímbricas (a él le debemos la orquestación de
nuestro himno), música con recuerdos o evocaciones de
Falla a
Grofé, de
Cristóbal Halfter a
Penderecky, con líneas sonoras que se rompen en mil puntos sonoros y converger en un final totalmente tonal y clásico donde la orquesta va entretejiendo cada idea de las muchas que aparecen sin concluir ninguna a lo largo del extenso poema (casi 30 minutos) hasta el acorde final perfecto y conclusivo. Es mi percepción tras esta primera escucha (mañana la volveré a escuchar) donde la orquesta ha brillado por la calidad más que demostrada de todas y cada una de sus secciones.
Carmen Yepes nos deleitó con el
Concierto para piano en la menor op. 54 de
Schumann que tantas
comparaciones y deuda tiene contraída
el de Grieg, igualmente en el repertorio de la
pianista asturiana. Luchando con un piano que no estaba en sus mejores momentos ni ajustes y que le dió algún disgusto (sé que mañana se desquitará en Oviedo), nos ofreció una interpretación de este
difícil concierto muy cuidada y personal, llena de fuerza y lirismo a la que ayudó una dirección mimadísima y atenta a cada detalle de
Max Valdés, llegando la orquesta a alcanzar auténticos momentos de esa simbiósis ideal que convierte una obra de esta envergadura en un
dúo concertante más que lucha, diálogos unificados en intención y ejecución, pasajes líricos de perfecta cohesión sonora (ayudada por la
acústica asistida de la sala), entradas y finales siempre
a tempo sin dudar batuta ni dedos, y unas cadencias vigorosas, en especial la del
Allegro affetuoso donde
Carmen Yepes arriesgó en todo momento, tensando el
rubato hasta alcanzar el cénit de la conjunción perfecta en la "caída" con el
tutti. No menos interesante resultaron el
Intermezzo: andante grazioso (las preguntas y respuestas piano orquesta de una sutileza digna de elogio), y ese difícil
Finale: allegro vivace donde la técnica siempre estuvo al servicio del arte y no al revés. Realmente un
concierto jugando con lo clásico y romántico en el amplio sentido de la palabra, con una madurez interpretativa en la pianista unida a una orquesta que se lució y sonó plena.
La segunda parte nos traería, en ese
desandar el tiempo del programa, la orquesta clásica para esa
maravilla mozartiana que es su
Sinfonía nº 38 en re mayor K. 504, "Praga". De nuevo un sonido rotundo, compacto, de cuidadísima afinación y con planos sonoros tan conseguidos que "disfrutamos todas las notas" de
esta sinfonía que me ha servido de aperitivo para el
Don Giovanni que espera el Campoamor en noviembre con estos mismos mimbres y la batuta de
Pablo González. Si la cuerda de la OSPA siempre ha sido un lujo, la madera no se queda a la zaga, el metal (Max los llama
los bronces) está afinando y empastando como nunca (hoy trompetas de llave en vez de pistones, más vienés...) y los timbales siempre sientan cátedra, el
Mozart escuchado en Avilés es digno de llevar al disco (supongo que
Radio Clásica lo grabe en Oviedo para su archivo y posterior difusión).
Mañana repetiré, aunque lo bueno e impagable del directo es que
NUNCA NADA ES IGUAL.
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