Madurez juvenil

Entrada original del día 27 de febrero de 2010 a las 02:26 horas, y suprimida (censurada) por Blogger© tras "denuncia" yanqui (de la DMCA, Digital Millennium Copyright Act). Quito un link de la llamada "tierra de la libertad" (por si es parte de su "queja"), y un vídeo, el resto la dejo como estaba ¡y con MIS FOTOS!: Viernes 26 de febrero, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Concierto nº 8 de Abono: OSPA, Emanuel Abbühl (oboe), Roberto Forés (director). Obras de Dvorak, R. Strauss y R. Schumann.
A las 19:00 horas "nuestro" oboe principal, Juan Ferriol nos daba una conferencia sobre la historia y papel de su instrumento en la orquesta, en un programa que lo incluía también como solista y con un intérprete del que hablaré más adelante, con una selección de fragmentos conocidísimos en el mundo sinfónico, desde el oboe barroco hasta el corno inglés para un público que abarrotó la sala de conferencias de la última planta.
Parece que las coincidencias no existen, aunque nuestra orquesta lleva una buena racha de obras de Dvorak y R. Strauss (éste además sin estar previsto ya que en principio esperábamos a Martinu) y del que volveremos la próxima semana a disfrutar su Don Juan, pero si sumamos a Schumann, otro músico del que celebramos este año su segundo centenario (y que está pasando de momento más "discreto" -incluso no estaba su foto en el programa sino repetida la de Strauss- que el doble Mahler o el Año Chopin) la velada prometía.
Ya leía de mañana y tarde en la prensa regional dos entrevistas con el director invitado, un "joven" e internacional Roberto Forés (según sus palabras, en su anterior visita hace cinco años era muy niño, musicalmente), tanto en LNE con Pablo Gallego como en LVA con Aurelio M. Seco (por cierto, cómo le recortan sus artículos originales) con unas declaraciones que me hacían imaginar algo distinto. Así en titulares decía en una que «No entiendo por qué hay que dedicar cinco días a preparar un concierto o un mes a una ópera, es una barbaridad», y en la otra que "La mayor parte (el 80%) del trabajo que debe hacer un director es psicológico".
A la hora de la verdad su estilo de dirección no me convenció (él mismo decía a Aurelio que "Personalmente no hago un estudio previo de la gestualidad que voy a usar. Evidentemente sé dónde están los gestos básicos de las obras que dirijo, pero mientras lo hago, no tengo una idea exacta predeterminada de cómo voy a resolver un determinado gesto hasta dos segundos antes de afrontar un pasaje. Intento dirigir de manera natural"), y aunque con estas palabras creo que queda claro, para mí hubo ampulosidad en exceso, gestos algo "dislocados" (ni finlandeses ni valencianos), cabeza empozada entre los hombros y encogido con los brazos hacia adelante cual Quasimodo exiliado, y lo mejor resultaba cuando casi estático dejaba que la orquesta dejase fluir todo el caudal sonoro (¿será psicología?) que las obras escuchadas atesoran, con ese empaste, homogeneidad y sonoridad redonda que su ¿estilo de dirección? no logró oscurecer, aunque faltó poco. De hecho en ninguna de las obras aportó nada que no estuviera escrito, esperando al menos una "mayor lectura" que sus ediciones de bolsillo que resultaron de igual resultado...
La velaba comenzaba con el poema sinfónico La Bruja del mediodía, Op. 108 (1896) de un maduro Dvorak, obra difícil de ensamblar y conjuntar en distintos pasajes cuando desde el podio se hace tanto para no lograr la crueldad escondida del "argumento". Como bien escribe mi colega y amigo Ramón G. Avello en las notas al programa, "a Dvorak la idea de poema sinfónico le llega en su juventud... pero el cultivo de este género musical será en el compositor checo un fruto de madurez.". En este caso la profesionalidad de los músicos superó la dirección logrando una aseada narración de este cuento con final trágico.
El Concierto para oboe en Re M, Op. 144 (1945) de R. Strauss nos trajo a Oviedo a uno de los más reputados solistas de oboe, el suizo Emanuel Abbühl, que decidió cambiar a Martinu por el alemán, en parte por haberlo tocado recientemente en Londres con Valery Gergiev. Todo un prodigio no sólo técnico sino interpretativo, con una orquesta que resonó "transfigurada" para lograr algo más (que la obra tiene) que el acompañamiento. Los tres movimientos sin continuidad con sus exigentes cadenzas fueron cual "Doña Inés" a la espera de "Don Juan".
La segunda parte resultó como la temperatura de este último viernes de febrero, una Sinfonía nº 1 en SI b M, Op. 38 "La Primavera" (1841) de Schumann, en cierto modo como la película biográfica así titulada, Frühlingssinfonie ("Sinfonía de Primavera"), bastante ceñida a lo que se llamaría un biopic aunque artísticamente no pasará ni a esos libros tan de moda de "Las 1001 películas musicales que hay que ver antes de morirse".
(VIDEO CENSURADO)
Nuestra orquesta está madura en todos los sentidos, suena perfecta pero puede dar más de sí cuando se le exige, y creo que el director valenciano aún es juvenil para paladear este "bombón". Creo que nuestra formación sinfónica fue benevolente y dió más de lo que se le exigió, lo que siempre es de agradecer. Y las obras no eran todo lo agradecidas que ellos quisieran, pero ya llegará Pablo González con más R. Strauss y Shostakovich para corroborar que la OSPA sigue juvenilmente madura y sabe comportarse como tal.
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